"El Cervantes de Toffanin"

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Montaigne e l'idea classica, Bolonia: Zanichelli, 1940; Il secolo sen^a. Roma. .... en absoluto, éste sería otro punto de contacto de Cervantes con. Dante.

W Clásicos y modernos $¡

EL CERVANTES DE TOFFANIN Isabel Lozano-Renieblas ASOCIACIÓN DE CERVANTISTAS Y DARTMOUTH COLLEGE

Giuseppe Toffanin reclamó para el humanismo italiano (que contrapuso al racionalismo naturalista del siglo XIII) los orígenes del pensamiento crítico en el prefacio de ha fine dell'umanesimo (1920). Se oponía de esta forma a De Sanctis, que había visto en Lessing los fundamentos de la Modernidad. De aquel período hizo derivar Toffanin el cartesianismo en Francia, la época pre-lessingniana en Alemania, y hasta Shakespeare y Cervantes bebieron de la misma fuente. En publicaciones posteriores como // Cinquecento (1928) o la Storia dell'umanesimo dal XIII al XVI secolo (1933) ampliò y profundizó estas ideas de fuerte contenido nacionalista. El humanismo italiano, fiel aliado del catolicismo, abonó el terreno no sólo para el pensamiento crítico moderno sino, también, para la Contrarreforma. Y la obra que inaugura para la literatura la Edad del Concilio de Trento no es otra que el comentario de Robortelli a la Poética de Aristóteles, fundamento estético del arte contrarreformista, según Toffanin. Hondo ha sido el calado de estas ideas en los estudios cervantinos. El acomodo de la estética cervantina a los ideales de la Contrarreforma, la influencia de los tratadistas italianos y los principios aristotélicos pronto hicieron fortuna y aun hoy constituyen un firme asidero en la crítica cervantina, a pesar de que Toffanin sólo dedicó a Cervantes un brevísimo capítulo en La fine dell'umanesimo y de que la historiografía más reciente ha superado, por no decir olvidado, su interpretación del humanismo. En los años veinte el Cervantes reazionario de Cesare de Lollis y J5/ pensamiento de Cervantes de Americo Castro recogieron el testigo de

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las ideas de Toffanin postulando la importancia de la influencia aristotélica y de las ideas contrarreformistas en la obra cervantina. Algo más tarde, ya en los años sesenta y principios de los setenta Edward C. Riley, en Cervantes's Theory of the Novel, y Alban K. Forcione, en Cervantes Aristotle and the 'Tersi/es", sancionarían definitivamente esta nueva manera de leer a Cervantes, que ha marcado la reflexión crítica de los cervantistas del siglo XX. Entre sus obras críticas destacan: 11 romanticismo latino e i "Promessi sposi", Forlì: Bordandini, 1913; Gli ultimi nostri: saggi crìtici, Forlì: Bordandini,1919; La fine dell' umanesimo, Turin: Bocca, 1920; Machiavelli e il tacitismo, Padua: Draghi, 1921; L'eredità del rinascimento in Arcadia, Bolonia: Zanichelli, 1923; Il Cinquecento, Milán: Vallardi, 1928; Che cosa fu l'umanesimo. Il risorgimento dell'antichità classica nella coscienza degli italiani fra i tempi di Dante e la riforma, Florencia: Sansoni, 1929; La critica e il tempo, Turin: Paravia, 1930; Storia dell'umanesimo dal XIII al XVI secolo, Ñapóles: Perrella, 1933; Giovanni Pontano. Fra l'uomo e la natura, Bolonia: Zanichelli, 1938; Montaigne e l'idea classica, Bolonia: Zanichelli, 1940; Il secolo sen^a Roma. (Il Rinascimento del secolo XIII), Bolonia: Zanichelli, 1942; La fine del Ijogos, Bolonia: Zanichelli, 1948; Carducci poeta dell'Ottocento, Ñapóles: Libreria Scientifica Editrice, 1950; La religione degli umanisti, Bolonia: Zanichelli, 1950; La mia prospettiva estetica, Brescia: Morcelliana, 1953; L'umanesimo al Concilio di Trento, Bolonia: Zanichelli, 1955; L'uomo antico nel pensiero del Rinascimento, Bolonia: Zanichelli, 1957; Citimi saggi, Bolonia: Zanichelli, 1959; L'umanesimo di Dante e il cielo di Giove, Turin: Società Editrice Internazionale, 1959; Perché l'umanesimo comincia con Dante, Bolonia: Zanichelli, 1968. Giuseppe Toffanin, "Il Cervantes". La fine dell'umanesimo. Milán Turín-Roma: Fratelli Bocca Editori, 1920, cap. XV, pp. 211-221. Cervantes La primera idea que se le ocurre a don Quijote es una cuestión aristotélica; piensa cjue, si ya circulaba por todos los sitios la historia de sus gestas, su autor no sólo debía ser un mago por haberlas conocido tan pronto, sino que también había de ser una

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de dos, o amigo o enemigo: "si amigo, para engrandecerlas y levantarlas sobre las más señaladas de caballero andante; si enemigo para aniquilarlas y ponerlas debajo de las más viles que de algún vil escudero se hubiesen escrito". Es decir, no se le pasa ni por un momento por la cabeza que este autor haya podido escribir sobre las cosas tal y como habían sucedido verdaderamente y haber hecho de ello una obra bella e interesante, contraviniendo el principio aristotélico según el cual, en la tragedia y en la épica, los personajes se representan o mejores o peores que en la realidad; en definitiva, según lo universal. Es más, esta última imagen del vil escudero lo lleva a considerar la aludida novela; ¡de verdad en su libro se habla de un humilde escudero como Sancho Panza! Y ¿en qué términos? Después de todo ello decía entre sí: "que nunca hazañas de escuderos se escribieron; y cuando fuese verdad que la tal historia hubiese, siendo de caballero andante, por fuerza había de ser grandílocua, alta, insigne, magnífica y verdadera"(verdadera según lo necesario, se entiende). De hecho, el humorismo ciertamente paródico de la escena llega a su punto más alto cuando Sancho y don Quijote, aquél sordo al profundo latinajo de quando caput dolet, y éste absorto en su concepto de la poesía aristotélica, se presentan ante el bachiller para que les rinda cuentas de cómo han sido transcritas sus aventuras en dicha novela. Y Sancho le pregunta al bachiller con la máxima cortesía: "Dígame señor bachiller ¿entra ahí la aventura de los yangüeses, cuando a nuestro buen Rocinante se le antojó pedir cotufas en el golfo?". Sansón Carrasco entiende, por los ojos que pone Sancho, que éste, a despecho de la gloria de su señor, se interesa por su propia celebridad, y le responde: "No se le quedó nada al sabio en el tintero: todo lo dice y todo lo apunta, hasta lo de las cabriolas que el buen Sancho hizo en la manta. —En la manta no hice vo cabriolas —respondió Sancho—; en el aire, sí, y aun más de las que yo quisiera." Imagínense la sorpresa de don Quijote, el cual, oyendo que su poema se ocupa de tan nimios particulares, se esfuerza en interpretar de otro modo las palabras del bachiller. Carrasco no acierta a contradecirle, pero, mientras tanto, aumenta la dosis de la amargura quijotesca. "—Con todo eso —respondió

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el bachiller—, dicen algunos que han leído la historia que se holgaran se les hubiera olvidado a los autores della algunos de los infinitos palos que en diferentes encuentros dieron al señor don Quijote". Pero Sancho, quien, por su parte, no tiene sino palos que legar a la historia, lo interrumpe despechado. "-Ahí entra la verdad de la historia". Con semejante salida, el buen sentido de Sancho ha resuelto, sin saberlo, la cuestión. Y entonces contra Sancho (la historia), se levanta, armada de sus catorce puntos aristotélicos, la poesía (don Quijote). Éste, represalia por represalia, al ver así puestos sobre la mesa, por la historia, sus asuntos más personales, pone él sobre la mesa los de Ulises y Eneas. "—También pudieran callarlos por equidad —dijo don Quijote- pues las acciones que ni mudan ni alteran la verdad de la historia no ha}' para qué escribirlas, si han de redundar en menosprecio del señor de la historia. A fee que no fue tan piadoso Eneas como Virgilio le pinta, ni tan prudente Ulises como le describe Homero". Pero precisamente de este conflicto entre Sancho y don Quijote procede la revelación que les debería poner de acuerdo y que define el extrañísimo libro. Éste no es una novela: es una historia... "—Así es -replicó Sansón-, pero uno es escribir como poeta, y otro como historiador: el poeta puede contar o cantar las cosas, no como fueron, sino como debían ser; y el historiador las ha de escribir, no como debían ser, sino como fueron, sin añadir ni quitar a la verdad cosa alguna". Y es Sancho quien se regocija de ello. "Y de mí —dijo Sancho- que también dicen que soy uno de los principales presonajes della... -Mala me la dé Dios, Sancho -respondió el bachiller—, si no sois vos la segunda persona de la historia, y que hay tal que precia más oíros hablar a vos que al más pintado de toda ella...". Don Quijote se queda con dos palmos de narices. Entonces ¿qué es El Quijote} Creo que es la respuesta más profunda dada por un poeta, y en poesía, al cuestionario aristotélico. El poeta era español pero, aunque no hubiera sido de educación italiana, su cultura no habría sido muy distinta, porque el Renacimiento se manifestó en España en menor medida y más tarde que en otros sitios y lo que lo reforzó fue precisamente lo

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tardío de la Contrarreforma. El significado literal y el moral del libro están claros y son conocidos: el literario me parece no menos evidente y en absoluto oscuro. Se echa por tierra el prejuicio de que las reglas aristotélicas tengan que convertir la poesía en la abstracción del bien o del mal, parenética descripción de santos y de héroes o de condenados y, por tanto, inevitable exageración de la realidad. "La más discreta figura de la comedia es la del bobo, porque no lo ha de ser el que quiere dar a entender que es simple", le hará decir Cervantes un poco más adelante a su héroe en uno de aquellos lúcidos intervalos tan frecuentes en la obra. De ahí el triunfo de Sancho: más que el triunfo de lo particular sobre lo universal, se trata de la verdadera, exacta y profunda interpretación de lo uno y de lo otro ya ligeramente apuntada en el pensamiento de Piccolomini y de Patricio. El poeta debe sentir sin duda "bajo especie de eternidad" lo particular que ve y representa; pero lo eterno (o universal) no está en la cosa, sino en él. Y, cuando está en él, él lo ve y lo siente en todos los sitios: en los palos de Sancho y en los de don Quijote, sin necesidad de dejar en la pluma los primeros o de reducir los segundos a victoriosos torneos. Así, lo particular de la historia, para convertirse en poesía, no necesita escribirse en verso, como pensaba el difunto Castelvetro, sino que puede convertirse en tal también en prosa y sin cambiar demasiado de aspecto, con sólo que el poeta lo vea y lo sienta con ojos y corazón de poeta. De ese modo, íil Quijote es un poema de cosas históricas (es decir, comunes) y escrito en prosa. Y ahí está la grandeza de Cervantes en aquel momento de la historia; una grandeza ante la cual el pobre Torcuato se ruboriza. Mientras, llegados a este punto, la poesía miedosa e incapaz de expresar y de tocar el nuevo, complejo y a menudo angosto mundo ideal se aislaba de la realidad y de la historia, Cervantes (y no había otro en Europa, más allá de su gemelo Shakespeare) la reconducía sin renuncias al corazón de la realidad, a caballo del rucio de Sancho, y la hacía bailar con juventud y con libertad justo en esa cerca que le parecía vedada: la humanidad de todos los días, con sus miserias y grandezas más

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comunes. Y el ideal no quedaba proscrito, sino que se encarnaba en ella vivo y poderoso. Quien lea este poema, que es la historia de una fantasía verosímil escrita en prosa, y se detenga en los muchos momentos en los que la historia se contrapone a la poesía, y tenga presente el pensamiento crítico-filosófico de aquellos años, comprenderá que la sátira es mucho más directamente literaria, a la vez que más universal, de lo que se ha dicho hasta este momento, atribuyéndola solo a las inquietudes novelescas (las cuales no estaban por lo demás tan difundidas, como por comodidad se repite, y no debían suponer mayores problemas para la fantasía del público). Se trata precisamente de la sátira de lo heroico (en la cual, por otra parte, encuentra también sitio lo novelesco), de lo heroico como acaparador de lo "ilustre" y destructor del "hombre" (de un "hombre" que será después el "verdadero" objeto de la poesía). Don Quijote es Rinaldo, Tancredi, Gofredo, como los querían Denores y los otros fervientes aristotélicos de la época; los otros Rinaldo, Tancredi, Gofredo, los de la historia, con sus humanas debilidades, con pensamientos contrarios, en apariencia, a la poesía y a la moral, se encuentran en Sancho y son poesía tanto más verdadera y universal que la muy universal y manca poesía del héroe castellano. Querer vivir en ella: ahí está la locura de don Quijote; y todo el poema aparece como un despertar del arte del vano sueño en el que lo habían encerrado los literatos de aquellos años. Digo que así nos aparece, si reflexionamos, porque Cervantes es sobre todo poeta, y puede ser que su intención de poeta llegase más allá que su conciencia de crítico. Pensemos en las palabras con las que don Quijote, desdeñado, viéndose traicionado por su poeta a beneficio de Sancho, se las ingenia para desacreditarlo. "Ahora digo —dijo don Quijote— que no ha sido sabio el autor de mi historia, sino algún ignorante hablador, que a tiento y sin algún discurso se puso a escribirla, salga lo que saliere, como hacía Orbaneja, el pintor de Ubeda, al cual preguntándole qué pintaba respondió: 'Lo que saliere'". Así pues, él sentía en sí la divina libertad de la poesía; y es posible que, en el fervor de la inspiración, sintiera desdén por los

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críticos de su época, e intuyera soluciones poéticas que en la meditación abstracta no conseguían recomponerse después en la mente con igual claridad. Ninguna sorpresa supone, por lo tanto, que en los escritos teóricos él se mostrara menos clarividente y más confuso por el aristotelismo itálico. El fenómeno no es raro en absoluto, éste sería otro punto de contacto de Cervantes con Dante. En él nos hace pensar más de una vez, especialmente cuando se oye hablar de su obra como de un fruto del Renacimiento, ya que ésta nace más bien de un sentimiento de reacción, en aquel período que toma nombre precisamente de la reacción católica, y es el único hijo fuerte y sano de ella en los países latinos, lo que llevó a la gloria de la obra de arte lo que de grande y eterno había en aquel movimiento de espíritus: la necesidad de autoconciencia que le había faltado al Renacimiento. Si Torcuato Tasso, en vez de caer en las garras de Speroni o entre los miasmas de la corte estense, se hubiera topado y se hubiera asociado con este vagabundo cristiano por la Italia de entonces ¡quién sabe si la literatura del Concilio de Trento hubiera resultado menos miserable! Porque el manco de Lepanto se alza en la historia y en la poesía frente al movimiento germánico como paladín de Roma. Adecuándose a una profunda conciencia religiosa, él representa el eterno problema del hombre, con una entereza y una libertad absoluta, que Alemania no tendrá, en su inmanentismo, hasta Goethe. Ustedes encuentran en el Quijote la vida como antítesis insoluble de ideal y de realidad, de poesía y de vulgaridad, que se concluye en honesta ironía hecha de incitamiento a la humildad: el triunfo de Sancho. En Alemania, con Lutero, esa antítesis se resuelve en ironía hecha de soberbia y de ímpetu. Lo que nos queda de la lectura del Quijote es la desconfianza en las fuerzas del idealismo puro, que es religión. Un autor alemán habría concluido con el triunfo de don Quijote y con la condena de Sancho. ¿Quieren la confirmación? Hoy, ayer sobre todo, ayer bajo el influjo de las corrientes germánicas, la opinión general llevaba a ver en este libro una exaltación del idealismo creador, un triunfo de

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la gran fiebre creadora de don Quijote, casi para bajar el telón sobre la obra de Sancho, que tenía el aspecto de un molesto estorbo anclado en los talones del caballero errante y creador. Y quien, en estos últimos años, no lo haya repetido un poco más de lo necesario para contenerse en los límites del buen sentido, que tire la primera piedra. ¿Acaso no recuerdan cómo fue aplaudido aquel charlatán del señor Unamuno, que quiso dar prueba de mucho gusto y de mucha sabiduría sometiendo a Cervantes a aquella inyección de idealismo germánico, y cuando, al final, se encontró ante la indiscutible realidad de que el autor hace a don Quijote recobrar la cordura, dio prueba de finísima agudeza crítica sosteniendo que el sabio era don Quijote y el loco Cervantes? Sin embargo, reflexionando sobre todo el libro, sobre ese contraste entre los dos personajes ante el bachiller, sobre la conclusión de la obra, se siente que el héroe del poeta es Sancho, signo de nuestro incierto destino mortal, ante el cual es tonto rebelarse porque lo debemos llevar sobre nuestras espaldas, intentando adaptar a él nuestra propia vida lo mejor posible. Traducción de Nuria Málaga Delgado.

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